COMPLEMENTO es un e-zine que se actualiza el primer viernes de cada mes. Está hecho sin recursos económicos ni subsidios y cuenta enteramente con la buena predisposición de lxs colaboradores que optan aportar sus textos o imágenes al proyecto. NO HAY FINES DE LUCRO. Se agradece difusión por un pensamiento divergente. La Complemento desprecia al lector pasivo, busca un lector que piense y difiera de lo que lee, que discuta, un lector crítico. Al ser una entrega mensual se tomará como criterio un eje temático para cada número, pero NO un enfoque homogéneo. Bienvenida sea la genuina diversidad.

viernes, 7 de septiembre de 2012

TESTIMONIO

MIRAME
> Por Juan Manuel Burgos

Años atrás, en un grupo de activismo trans llamado Grupo del Jueves, estábamos preparando actividades y talleres para dar en hospitales cuando uno de los integrantes sugirió lo siguiente:

- Tendríamos que arrancar por el principio, explicando que en la naturaleza existen machos y hembras…

Un silencio incómodo fue nuestra respuesta inmediata. Con incredulidad e indignación lo miramos.  Solito respondió:

-¿Qué pasa? No me miren así, vamos a hablar con médicos. El género es como un Club, para ingresar hay que hacerlo por algún lado…

-Si ser macho o hembra es el principio de ese “club” me paso la membresía por el culo- le contestó una activista trans. Otro activista intersex  que estaba presente también le respondió, pero esa respuesta no puede ser descrita aquí, amerita una nueva nota o un artículo.

Hace unos días recibí por mail la invitación para escribir en esta publicación, para formar parte de este “complemento”. Por supuesto alguien me había recomendado: el activista intersex del párrafo anterior. En la convocatoria se hacía referencia a otro espacio en el que se sabe no encajamos tan bien, un espacio en el que no hay el suficiente espacio para ser. En el que somos no bien vistos.

Sobre Clubes, Membresías y Miradas va este texto, que lo disfruten tanto como yo escribiéndolo.

***

Tengo 9 años. Estoy en el cumple de Santiago, estoy en un gomón en la piscina con una chica bellísima llamada Natalia. Hablamos mucho, es hermosa, la única chica rubia de mi colegio periférico. Huele  a frutillas. Los varoncitos juegan al futbol en un baldío enfrente de la casa, ninguno me eligió para el partido. Las mujercitas coleccionan hojitas de carta perfumadas, también dejaron de lado a Natalia porque tiene el álbum lleno y no le falta ninguna. Estoy enamorado y es el día más feliz de mi vida. Estamos pegados, muy próximos, secreteando, a punto de besarnos. La mamá de Santiago (dicen que es rica porque realiza abortos) nos mira, nos interrumpe y nos pregunta qué estamos haciendo todavía en el agua, por qué no estamos con los otros chicos, dice que pronto se pondrá frío. Natalia responde: No se preocupe, estamos bien, hablando cosas de chicas.

Tengo 10 años. Me acusan de ser maricón, de haberme visto bailar como nena en la terraza de mi abuela. Para demostrarles que no es cierto los invito a la terraza, saco una colección de almanaques con minas en bolas que le robé a papá, me hago la paja y los invito a masturbarse conmigo. Ellos miran a las minas, yo los miro a ellos. Pertenecer a mi club cada vez les cuesta más caro. En algún momento pasa algo que los excede y dejan de venir. Devuelvo los almanaques a su cajón.

Tengo 13 años. Soy un buen monaguillo en la parroquia María Auxiliadora, con seguridad el más aplicado y cuidadoso. Ese domingo me comunican que para la celebración de pascua han llamado a otros chicos que asistirán al sacerdote durante la misa, alumnos del colegio. Van a prescindir de mis servicios ministeriales y de los de José (un chico de la villa donde los salesianos instalaron su oratorio). El párroco me sugiere que aproveche como feligrés para disfrutar la ceremonia, que va a estar muy linda. Los lugares de adelante están reservados. Los monaguillos nuevos son despampanantes. No puedo dejar de mirarlos. Tienen dientes increíbles: Del Pont, Bagú y los mellizos Saravia. He pecado de pensamiento, he tenido una erección en medio de la misa. Cuando me confieso no digo la verdad, digo que me dio mucha envidia que ellos sean monaguillos y yo no. El sacerdote me dice que la envidia no es buen sentimiento.

Tengo 15 años. He bajado 25 kilos en poco más de dos meses, me he hecho claritos en el pelo y he modelado mis rulos con las primeras cremas para peinar del mercado, llevo puesta una musculosa negra de mi tía Karina que me marca las tetas (que no bajaron de peso) un jean claro de mujer muy apretado. Me siento la reina marica, voy a bailar a Bunker. Me piden documentos, llevo el DNI de los 8 años de mi primo. Saben que es falso, pero me dejan pasar igual, soy bienvenido. Estoy bailando en una tarima un tema de Kylie Minogue, se me acerca Andy Lamoore, me agita desafiante: me das permiso nena. De a poco tomamos confianza, bailamos juntas, nos sacamos fotos para quetalestuvo.com. Al final de la noche me dice: Nunca ví una torta que baile tan marica como vos.

Tengo 16 años. Un tipo que me siguió en el auto varias cuadras, espiándome y piropeándome, hasta levantarme en plena calle me deja tirado en medio de la ruta camino al aeropuerto. Hemos hablado durante el viaje, aunque desde el principio había aclarado que soy activo, él ha creído todo el tiempo que podía convencerme de ser pasivo. Intentó primero siendo tierno y haciéndose el novio, luego ofreciéndome cosas (cenar, lencería, alcohol, drogas), luego bromeando y haciéndome cosquillas para que se la chupe o para meterme un dedo en el orto. Cuando le quedó claro que eso no iba a ocurrir frenó y me echó del auto. Me dijo que no ande más por ahí haciéndome la mariquita si luego no me la banco.

Tengo 17 años. Descubro que levanto más si me pongo una remera muy ajustada y otra arriba más holgada, o si me vendo las tetas con una gasa y un alfiler de gancho. En la cama a casi ninguno les molesta mi cuerpo desnudo, el problema es cómo me queda la ropa, cómo se ve mi cuerpo en la disco. Además me he dejado de depilar las cejas y he agregado chalecos o camisas desprendidas sobre las remeras. Ya no me confunden con una torta.

Tengo 18 años. Estoy montado de Drag Queen, es increíble cómo le gusta esto a la gente, todos me alaban. Muchos chongos se acercan para levantarme por más ridícula que sea mi vestimenta. Mientras más femenina estoy más quieren que sea activa. Los heterosexuales se han dividido para mi en tres grandes grupos: los que quieren fotografiarse conmigo, los que quieren que les de por el culo o los que me escupen e insultan cuando camino por la calle. Una amiga dice que si cogen conmigo no pueden ser heterosexuales. Los gays con los que me acuesto se sienten muy confundidos con este tema, porque son hombres a los que les gustan otros hombres, no una cosa rara que no se sabe lo que es. Por primera vez públicamente en un boliche transo con una mujer, luego me aclara que ella no es mujer: que es lesbiana. Tengo sexo lésbico toda la noche, al día siguiente la lesbiana en cuestión va a un taller para tortas dictado por una tal Fabiana, yo también quiero ir, me dice que no se admiten hombres, le digo que no soy un hombre, me dice que igual no puedo ir.

Tengo 19 años y digo que soy bi. A las chicas les da un poco de asco, a los pibes les calienta y les da morbo. Durante todo el polvo los putos preguntan ¿lo hago mejor que una mina? ¿te gusta cómo lo hago? Tratame como tratás a las minas, dale contame ¿qué les decís? ¿qué les hacés?, mirame… ¿te gusta?, mirame, dale mirame ¿lo hago mejor yo?

Tengo 20. Conocí a un tipo que me vuelve loco, cuando lo ví por primera vez pensé que era un gordito desinflado, que había bajado de peso y por eso tenía tetas como yo. Me enteré que es trans, se lo cuento a un amigo hetero, a dos amigos gays, a un grupo de tortas, a una trava con la que estuve hace un tiempo. Nadie lo entiende, no les pasó nunca algo similar. A nadie le parece posible un deseo semejante, me han llegado a preguntar si no es una cuestión de discriminación positiva. Me miran raro, como si fuera de otra especie, al chico (con el que me he puesto de novio) también lo miran raro en todas partes. Aprendo el sustantivo y el adjetivo “abyecto”, más adelante aprenderé que abyecto también puede ser un verbo. Mi mirada igualmente se ha enrarecido, puedo ver a la gente en la calle y preguntarme qué clase de mujeres podrían ser, o que clase de hombres habrían sido, puedo imaginar proyectiva o retrospectivamente miles de géneros para cada uno. Mi mirada no es inocente, busca -inventa- comunidades.

Tengo 21. He desarrollado cierto gusto por el BDSM. Me he hecho un perfil en el recon.com. Cuando llega el momento de encontrarme con algún amo o con algún sumiso me bajan el pulgar. El problema no es el cuerpo, en eso encajo bárbaro, de hecho mi perfil se llama "buenastetas" y garpa. El problema de este club es el uniforme. Demasiado vainilla me han dicho: o ropa negra o un jean azul con zapatillas negras y remera lisa. Mis remeras con lemas militanes y arcoiris no les gustan. No entiendo por qué, mi sadismo encuentra tan placentero sodomizar a un muchachito del PTS con un dildo financiado por una multinacional LGTB, aunque luego el partido me escrachará y acusará de reproducir lo peor del patriarcado.

Tengo 22. Estoy en un encuentro de la Campaña por una Convención de los Derechos Sexuales y Reproductivos para Latinoamérica y el Caribe. Los spots que la campaña propone son terribles, hago una observación muy sencilla: toda la imaginería utilizada remite a cuerpos europeos, blancos, de gimnasio, etc. Entre los presentes no hay ni un solo cuerpo parecido a esos que nos representan. Noto algo más: Todas las participantes del encuentro son mujeres y/o lesbianas. Soy el único tipo al parecer con derechos sexuales y reproductivos. Me toca compartir una  cabaña con una lesbiana butch hipermasculina que se resiste a cohabitar conmigo, me derivan a otra cabaña. Por la tarde hay un taller sobre violencia entre lesbianas, lo dicta una tal Fabiana, estoy invitado, nadie se resiste a mi participación. Me siento muy bien haciéndolo, es increíble, en determinado momento del taller descubren que no soy un hombre transexual sino un hombre a secas. A Fabiana no le molesta, puedo continuar en el espacio, la lesbiana butch no lo soporta, se va del encuentro. Un detalle más, la persona que acaba de marcharse es la representante del área de diversidad sexual de una de las sedes de INADI. (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo)

Tengo 23 años. Me han invitado como jurado a una elección de la Reina Gay de Córdoba. La reina de los gays tiene que ser una travesti, la lógica de la competencia es sencilla, gana aquella a la que menos se le note que es travesti. Otro de los jurados es el dueño de un prestigioso sauna gay, al que obviamente no pueden entrar travestis. Le hago una observación al respecto y me responde que  él no discrimina, las reconoce como mujeres por eso no pueden entrar a un lugar que es sólo para hombres, el las ve como lo que son: feminidades. Le digo que su criterio me parece excelente, que mi novio trans y yo vamos a ir entonces. Me dice que hay que ver si se lo ve como un hombre, me pregunta si mi pareja está todo operado. Al momento de dar a conocer su votación escoge a una trans de 18 años, argumenta que su voto es debido a la frescura y a que es muy natural y sin operaciones.

Tengo 24 años. He vuelto a casa frustradísimo, por la tarde participé de los diálogos críticos del activismo lésbico en argentina, proponen una dinámica conocida, la ronda de besos. La primer torta nos ha besado a todos, la segunda torta ha besado a todas las tortas pero me ha evitado a mí y al tipo trans que me acompaña, una tercer torta ha besado a todas las demás y a mi amigo trans, a mí me ha salteado de la ronda. Ambos nos sentimos desconocidos. Por la noche para cambiar de ambiente asistí a una fiesta de osos aprovechando que he aumentado mucho de peso. Me han rechazado con miles de argumentos: Que para cazador estoy excedido, que para oso me faltan unos kilos más, que estoy grande para cachorro, que soy pendejo para hacerme el daddy con alguno de 19, que soy demasiado lampiño para cualquier cosa, que me falta más barba o el cabello más corto. Que soy un gay gordo pero nunca seré un oso. He vuelto a casa frustradísimo y me he echado a leer Teoría Queer, aunque presintiendo de antemano que los académicos me verán muy politizado, y los activistas demasiado teórico. Repaso la lección (¿de día?):

  • Es a través del cuerpo que el género y la sexualidad se exponen a otros.
  • Ser un cuerpo es ser entregado a otros.
  • El cuerpo implica mortalidad, vulnerabilidad y agencia.
  • Nuestros cuerpos nunca son del todo nuestros.
  • El cuerpo tiene una dimensión pública, constituido como fenómeno social en la esfera pública.
  • El cuerpo es profundamente ambivalente porque es mío y no lo es a la vez. 

Tengo 25 años. Alguien ha organizado una orgía que no discrimina cuerpos, ni identidades, ni expresiones de género. Me ha llegado la invitación por facebook, estoy eufórico, esperé durante años esta oportunidad. Ya me he inscripto, estoy ansioso, me envían por correo las reglas: Está terminantemente prohibido mirar y no participar, se espera de los miembros una participación activa.

Luego de tantos años de ser mirado, y de ser (parte o no) en función de la mirada de los otros, la norma me parece absurda: teóricamente, políticamente, estéticamente. Una norma ingenua e injusta. Otra vez es la mirada la que me deja afuera. Llevo marcas de miradas por todo el cuerpo, cicatrices que no cierran y se actualizan en cada parpadeo – y sin embargo, que sean vistas es, al final del día, lo único que espero.